lunes

Novedades Libreras...

Hola queridos lectores, espero estén muy bien. La siguiente noticia la conocía por el blog Besos de Ángel y me fui directamente al blog de la autora para confirmar y es que saldrá Vampyr #2 casi brinco de la emoción porque fue un libro que me encanto y no sabia que saldría una segunda parte aunque por su sinopsis no se si estaré estrechamente relacionado con el anterior, aunque lo espero.


Sinopsis

Emilia, una bella y mimada jovencita que vive en el agitado ambiente de la Francia del siglo XIX, deberá enfrentarse a las fuerzas de una siniestra logia vampírica cuyo líder se ha enamorado de ella. Emilia se verá obligada a salir de su cómoda mansión en Lyon para sumergirse en las oscuras energías de Turín, la ciudad del Diablo, y liberar el alma de un misterioso personaje a quien cree haber conocido en una vida anterior. ¿Hasta dónde llegará? ¿Por qué extraña razón el destino la escogió a ella? Un amor más profundo que la muerte podría demostrarle que es más valiente de lo que cree


Pasaje del Libro 
"Mi corazón latía con fuerza cuando nos acercamos a casa por la gran vía. Llegaríamos por la esquina derecha de nuestra calle y Rosendo recorrería la cuadra en el sentido de las manecillas del reloj, al revés de la forma en que yo había pretendido llegar a casa la noche anterior. No sabía qué tan efectivo sería para recuperar mis recuerdos pues estábamos iniciando el trayecto por el tramo que no recordaba haber caminado.


El sol se había puesto para cuando alcanzamos la esquina, debía ser la misma hora en que me había perdido antes del ataque. Esta vez el aire estaba cálido y el cielo había adquirido una tonalidad azul índigo. Pude distinguir fácilmente las fachadas de las casas y la enramada de los árboles con la poca luz natural que había.

Para mi sorpresa, la calle distaba mucho de ser fantasmagórica. No era lo mismo pasar por allí en coche y en compañía de Rosendo. Él aminoró la marcha y me concentré en los detalles: las casas eran más lujosas que las del lado opuesto de la cuadra, todas tenían amplios jardines anteriores sobre los que se levantaban inmensos árboles. En esto se diferenciaban de las de nuestra calle, cuyos balcones estaban tan cerca de la acera. Las puertas y ventanas aparentaban ser más sólidas y sus fachadas eran sobrias e imponentes, ninguna estaba pintada de color y se apreciaban diversos trabajos de piedra esculpida en los muros exteriores. Por último, algunas estaban cercadas con rejas de hierro.

Una en especial, la más grande de todas, llamó mi atención. Su reja era tan alta que sobrepasaba las ramas de los árboles. Un camino de tierra aplanada atravesaba el antejardín hasta las anchas escaleras de granito que conducían a la puerta principal. El arco del pórtico, de alabastro, ostentaba el diseño intrincado de un magnífico dragón. Una corazonada me dijo que había sido atacada justo frente a esa casa. Sentí que mi sangre se helaba: a pesar de que no había bruma y podía distinguir cada revés del pavimento, y aun si aquella calle lucía tan encantadora envuelta en el esplendor de un nuevo crepúsculo, mi cuerpo recordaba lo que había ocurrido.

Estaba por pedirle a Rosendo que se detuviera frente a la casa del dragón cuando la reja se abrió de repente y un coche se aproximó a la salida por medio de un camino lateral de piedras sueltas que adiviné debía conducir a la parte trasera de la propiedad. El coche viró sobre el empedrado de la vía principal y avanzó hacia nosotros. Las pequeñas heridas en mi cuello comenzaron a arder y mi respiración se tornó pesada. Me llevé la mano a la garganta sin moverme de mi lugar al lado de la ventana. Algo extraño me ocurría de nuevo, sentí vértigo conforme los dos coches se aproximaban. Cuando los coches estuvieron uno al lado del otro, Rosendo detuvo la marcha de forma subrepticia.

—¡Félix! —gritó, con voz de júbilo—. ¡Qué gusto! ¿Tú por aquí, de nuevo?

—¡Rosendo! —exclamó el otro cochero, deteniéndose a su vez—. ¡Las cosas de la vida! ¿Quién iba a pensarlo?

Clavé la mirada en el compartimiento del otro coche, ansiosa por descubrir quién estaba allí. Mis rodillas temblaban aún más porque las negras cortinas del asiento del pasajero estaban corridas.

—¿Trabajando todavía para los Malraux? —preguntó el otro cochero.

—¡Sí! ¿Y tú?

Antes de que Rosendo pudiera terminar su frase, las cortinas se replegaron dejando a la vista un sombrero de copa.

—¡Félix! —gritó una voz masculina desde el interior del coche—. ¿Qué demonios crees que haces?

—Perdone, señor, hace años que no veía a mi primo Rosendo y pensé que…

—¿Qué brillante ocurrencia tuviste esta vez, si se puede saber? —preguntó la voz—. ¿Pensaste que a tu señor se le antojaría escuchar tus cotorreos durante un par de horas?

—No, señor, yo…

—¡Déjame adivinar! —interrumpió el otro, sacando una mano enguantada por la ventana y golpeando la portezuela por fuera con un fino bastón de metal—. ¡Creíste que sería importante enseñarme la divina virtud de la paciencia!

—Sólo quería saber si… si Rosendo sabía algo acerca del paradero de mi madre —masculló el pobre hombre, quebrándosele la voz.

—¡Tu madre está muerta, Félix! —exclamó su amo—. ¡Te lo he dicho mil veces! Ahora haz el favor de reanudar la marcha, a menos que quieras ir a hacerle compañía a tu difunta progenitora a partir de esta noche.

—Sí, señor, como usted mande —dijo Félix con cara de profunda tristeza. Al pasar junto a nosotros se despidió de Rosendo con una inclinación de cabeza y grandes ojos llorosos.

No podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. Todo mi miedo se había disipado dándole paso a la más enardecida indignación. Estaba lista para proferir una retahíla de palabras hirientes en cara del desalmado que le había hablado de esa forma al mísero conductor acerca de su madre. Me preparé para ello tomando una honda inhalación pero en cuanto nuestras ventanas quedaron alineadas tuve que detenerme. El hombre que iba dentro del coche giró la cabeza hacia el exterior y su mirada encontró la mía. Nunca había visto ojos tan descaradamente cínicos y hermosos a la vez. Al verme frunció el entrecejo por unos instantes y un segundo después una sonrisa burlona comenzó a dibujarse en sus labios. Digo comenzó porque, en ese momento, Rosendo aceleró la marcha y la imagen del hombre desapareció, dejando en su lugar el inmenso dragón grabado que custodiaba la entrada de su casa. Podría haber jurado que el suave arrullo de la brisa había sido reemplazado por el eco de una sonora carcajada cuyas notas altas revelaban sorpresa, al tanto que las bajas sugerían cruel satisfacción.

—¡Rosendo! —exclamé—. ¡Detén la marcha, por favor!

Rosendo frenó los caballos y, antes de que yo se lo pidiera, descendió del puesto del conductor y abrió la puerta del compartimiento.

—¿Ha encontrado lo que se le extravió ayer, señorita?

—¿Quién es ese hombre, Rosendo? —pregunté agitada y sin responder a su pregunta.

—Es mi primo Félix, señorita —respondió con expresión resignada.

—¡Sí, sí, esa parte la entendí! ¡Me refería a su patrón! ¿Cuál es su nombre?

—Ha de ser el hijo del barón, señorita.

—¿El hijo del barón? ¿Qué barón?

—El barón de Halkett, señorita.

—¿Un barón vive en este vecindario? ¿Desde cuándo?

—Hace unos diez años adquirió varias propiedades de esta cuadra, pero sólo permaneció aquí una breve temporada. Todo parece indicar que está de regreso.

—¿Y ese inicuo mentecato es su hijo?

—Eso creo, señorita. Se asemeja mucho al señor, el antiguo patrón de Félix, sólo que el barón ya estaba entrado en años la última vez que estuvo por aquí.

—¡Pues si de su padre ha heredado la vileza, aquel se merece la baronía de los infiernos! Qué digo, la baronía… ¡el ducado!

Estaba furiosa con él. ¿Cómo se atrevía? Si no hubiese visto la nívea piel de su rostro, el brillante cobalto de sus ojos y su pelo azabache habría jurado que era el espectro que me había atacado la noche anterior. Estaba segura de que el alma que estaba detrás de esa insolente mirada sólo podía equipararse en maldad a la de un vampiro. Y, de no saber que los vampiros eran cadáveres en descomposición que salían de sus tumbas en la noche, habría jurado que el hijo del barón se reía de la rapiña de sangre a la que me había sentenciado frente a su propiedad.

Era hora de ir a casa. El encuentro con el inquilino de la casa del dragón había arruinado por completo mi propósito de recobrar los desaparecidos recuerdos de la velada previa.

—Vámonos, Rosendo— dije.

—¿No ha hallado lo que buscaba, señorita?

—No, Rosendo —dije, antes de que mi buen cochero cerrara la portezuela.

Para entonces supe que había perdido irremediablemente la tranquilidad."

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